Hay lugares en el mapa cuya influencia supera con creces su tamaño. El estrecho de Ormuz, un brazo de mar situado entre el norte de Omán y la costa sur de Irán, es uno de ellos. Este corredor natural separa el golfo Pérsico del golfo de Omán y, a través de este, del océano Índico. En su punto más angosto, apenas alcanza los 40 kilómetros —aunque algunos tramos se reducen a 34—, con profundas fosas que permiten el paso de grandes petroleros de hasta 300.000 toneladas.
Cada día, por sus aguas estrechas circulan entre 20 y 21 millones de barriles de petróleo, cerca del 20 % del consumo mundial, además de enormes cantidades de gas natural licuado procedente de Qatar. Es la vía de salida natural de los recursos energéticos de Arabia Saudí, Irak, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos e Irán, países que concentran algunas de las mayores reservas de hidrocarburos del planeta.

Densidad de paso de buques (horas/km²)
Periodo de referencia: agosto 2024
El Golfo Pérsico concentra la mayor densidad de tráfico marítimo mundial, con picos de hasta 12-15 horas/km² en el Estrecho de Ormuz durante agosto 2024, según datos satelitales AIS (Automatic Identification System). Esta métrica mide el tiempo acumulado que los buques ocupan por unidad de superficie, reflejando la saturación de las rutas energéticas críticas que canalizan cerca del 20% del petróleo global y grandes volúmenes de GNL desde Qatar.
En comparación, el Mar Rojo registró solo 3-5 horas/km² en el mismo periodo, mientras las rutas hacia el Océano Índico desde Ormuz alcanzaron 8-10 horas/km². El análisis de 1,2 millones de movimientos de petroleros, graneleros y buques de GNL evidencia cuellos de botella clave: Ormuz procesó 21 millones de barriles diarios, frente a los 3 millones desviados al puerto saudí de Yanbu en respuesta a tensiones regionales.
Un cuello de botella estratégico
El estrecho de Ormuz actúa como una auténtica bisagra geopolítica: al norte, las costas montañosas de Irán, dominadas por la provincia de Hormozgán; al sur, la península de Musandam, un enclave omaní cuyas abruptas montañas caen directamente al mar. Las rutas marítimas por las que transitan los superpetroleros apenas miden tres kilómetros de ancho en cada sentido, escoltadas por buques militares y con rutas de emergencia extremadamente limitadas.

Esa estrechez convierte a Ormuz en uno de los grandes “cuellos de botella” del comercio energético global, comparable al canal de Suez o al estrecho de Malaca. Cualquier incidente —desde una colisión hasta un ataque— puede interrumpir un flujo vital para el sistema económico mundial. Por eso, cada vez que suben las tensiones en la zona, los mercados reaccionan con saltos inmediatos en el precio del crudo.
Tensión y reacción: el reciente repunte de crisis

La inestabilidad actual lo ilustra con claridad. La Guardia Revolucionaria Iraní ha hostigado a varios petroleros en las inmediaciones de la isla de Qeshm, un enclave estratégico en la salida del estrecho. El aumento de la actividad militar coincide con un repunte del precio del petróleo y con un desplazamiento del tráfico hacia el mar Rojo, donde los puertos saudíes intentan asumir parte del exceso.
En el puerto de Yanbu, en el litoral occidental de Arabia Saudí, más de una veintena de petroleros permanecen fondeados. El tráfico marítimo se ha duplicado respecto a lo habitual. Este complejo portuario, ubicado a orillas del mar Rojo, está conectado a los campos petroleros del Golfo Pérsico a través del oleoducto Este‑Oeste, una infraestructura que atraviesa el desierto saudí de este a oeste durante más de mil kilómetros.
El Plan B saudí: el oleoducto Este‑Oeste
El oleoducto Este‑Oeste, construido tras la Revolución Iraní de 1979, refleja cómo la geografía condiciona la seguridad energética. Su trazado serpentea desde la planta de Abqaiq, en el corazón del territorio petrolero saudí, hasta Yanbu, y su capacidad ampliada permite transportar hasta siete millones de barriles diarios.
Aunque este sistema ha vuelto a ser clave, los expertos advierten que no puede reemplazar totalmente el flujo que pasa por Ormuz: la infraestructura en el mar Rojo tiene límites técnicos y logísticos, y Arabia Saudí apenas produce gas natural, que sigue dependiente del tránsito marítimo por el estrecho.
Energía y conocimiento: una interdependencia persistente
Más allá de las tensiones inmediatas, el estrecho de Ormuz representa una lección de geografía aplicada: un punto diminuto que sostiene el equilibrio energético del planeta. Sus aguas profundas, sus islas —como Qeshm, Hormuz o Abu Musa—, y sus costas escarpadas han sido escenario de siglos de comercio, contrabando y disputas navales.
En plena transición hacia energías limpias, Ormuz sigue recordando que la economía mundial continúa anclada a la geografía y a los recursos naturales. Mientras existan hidrocarburos como motor del crecimiento, este estrecho de apenas 40 kilómetros seguirá siendo un punto neurálgico del orden económico y geopolítico global.

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