Chernóbil, 40 años después: el accidente que redefinió la seguridad nuclear mundial

El 26 de abril de 1986, una explosión en el reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil, en la entonces Unión Soviética y hoy territorio de Ucrania, desencadenó el accidente más grave de la historia de la energía nuclear civil. Cuatro décadas después, Chernóbil sigue siendo mucho más que un episodio del pasado: es una referencia obligada para entender los riesgos tecnológicos, la gestión de las emergencias y la relación entre ciencia, política y sociedad.

Unidades 1 a 4 de la central nuclear de Chernóbil y el complejo de subestaciones: vista desde la vía hacia la estación de Semichody.
Fecha: 9 de julio de 2009.

A las 1:23 de la madrugada, durante una prueba de seguridad mal ejecutada, una combinación de errores operativos y graves deficiencias de diseño del reactor RBMK provocó una subida súbita de potencia, seguida de explosiones y un incendio que liberó grandes cantidades de material radiactivo a la atmósfera. La nube contaminante se extendió por amplias zonas de la actual Ucrania, Belarús y la Federación de Rusia, y alcanzó también otras regiones de Europa.

La noche que reveló una fragilidad sistémica

Chernóbil no fue un accidente causado por un único fallo. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) subraya que el desastre estuvo ligado tanto a problemas de diseño como a una cultura de seguridad insuficiente, en un contexto institucional que dificultaba la supervisión independiente y la transparencia.

Ese punto resulta clave cuarenta años después. Más que un simple error humano, Chernóbil puso en evidencia lo peligrosa que puede ser la combinación de tecnología compleja, decisiones improvisadas y sistemas políticos reacios a reconocer una crisis a tiempo.

El Hotel Polissya (Готе́ль Полісся) fue uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad de Prípiat, situada junto a la central nuclear de Chernóbil. Tras el accidente de 1986, el edificio se utilizó durante algunos años como alojamiento para el personal de las comisiones científicas que trabajaban en el reactor número 4. Como curiosidad, en los días posteriores a la explosión, la planta superior del hotel fue empleada como una torre de control improvisada desde la que se coordinaban los helicópteros encargados de arrojar sacos de material aislante sobre el cráter del reactor, con el objetivo de reducir la radiación emitida. Foto del hotel tomada el 12 de septiembre de 2013.

La dimensión humana del desastre

Las primeras víctimas fueron los trabajadores de la planta y los equipos de emergencia que acudieron sin conocer plenamente la magnitud de la exposición radiológica. Naciones Unidas recuerda que muchos bomberos estuvieron expuestos a dosis muy elevadas en los primeros minutos y horas posteriores al accidente.

El impacto, sin embargo, fue mucho más amplio. La ONU estima que casi 8,4 millones de personas en Belarús, Ucrania y Rusia estuvieron expuestas a la radiación, mientras decenas de miles fueron evacuadas y reubicadas en los meses y años posteriores.

Estructura de hormigón denominada «sarcófago» del reactor No. 4 en 2013. Diseñada para contener el material radiactivo del núcleo del reactor, para una duración de 30 años.

Cifras clave

  • En las zonas más afectadas del edificio del reactor, tras el accidente, se estimaron niveles de alrededor de 5,6 roentgen por segundo, es decir, más de 20.000 roentgen por hora, magnitudes letales en muy poco tiempo para una exposición humana directa.
  • La principal preocupación radiológica inmediata en 1986 fue el yodo radiactivo, mientras que a largo plazo pasaron a dominar radionúclidos como el cesio-137 y el estroncio-90, que permanecen en suelos y ecosistemas durante décadas.
  • La contaminación se extendió por buena parte de Europa, aunque las concentraciones más graves se localizaron en Ucrania, Belarús y partes de Rusia.

Qué sabemos hoy sobre la salud

Cuarenta años después, la salud sigue siendo el terreno donde más importa separar el dato comprobado del mito. Las evaluaciones internacionales revisadas por el OIEA y el Comité Científico de las Naciones Unidas para el Estudio de los Efectos de las Radiaciones Atómicas (UNSCEAR) indican que el aumento más claramente documentado ha sido el del cáncer de tiroides en quienes eran niños o adolescentes en 1986 y estuvieron expuestos al yodo radiactivo, especialmente a través de leche contaminada.

La Organización Mundial de la Salud señaló en su balance de 30 años que esas cohortes infantiles recibieron dosis tiroideas particularmente altas en las regiones más afectadas. Al mismo tiempo, la literatura científica posterior insiste en que el seguimiento epidemiológico debe interpretarse con cautela, porque la intensificación de los controles médicos también aumentó el número de diagnósticos detectados.

En cuanto a otros cánceres y enfermedades, el panorama es más complejo y menos concluyente en la población general. Las revisiones de UNSCEAR y del Foro de Chernóbil sostienen que, fuera de los grupos más expuestos, no se ha demostrado de forma consistente un aumento generalizado de cáncer atribuible a la radiación del accidente, aunque la vigilancia científica continúa.

Midiendo la radiación en un punto caliente del jardín de infancia de Kopachi en Chernóbil, 2019

El daño invisible: miedo, estigma y trauma

Uno de los consensos más sólidos de la investigación internacional es que Chernóbil no dejó solo una huella radiológica, sino también una profunda herida psicológica y social. El sistema de Naciones Unidas ha insistido en que la ansiedad, el desarraigo, la incertidumbre sanitaria y el estigma asociado a vivir en zonas contaminadas se convirtieron en parte central del legado del desastre.

Esa dimensión suele quedar en segundo plano cuando se habla de radiación y cifras, pero fue decisiva para millones de personas. En muchas comunidades afectadas, el accidente alteró identidades locales, economías enteras y la confianza pública en las autoridades y en la información oficial.

El Nuevo Confinamiento Seguro en su posición final sobre el reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil, 2017.

De la emergencia a la cooperación internacional

Chernóbil también transformó la gobernanza global de la seguridad nuclear. El OIEA recuerda que, tras el accidente, se impulsaron dos instrumentos fundamentales: la Convención sobre la Pronta Notificación de Accidentes Nucleares y la Convención sobre Asistencia en caso de Accidente Nuclear o Emergencia Radiológica, que establecieron marcos internacionales para alertas, intercambio de información y ayuda entre Estados.

No fue un cambio menor. Si antes la gestión de un accidente nuclear podía quedar atrapada en lógicas nacionales o incluso secretistas, después de Chernóbil se consolidó la idea de que una emergencia radiológica es, por definición, un problema transfronterizo.

Un territorio suspendido en el tiempo

La central dejó de operar definitivamente en el año 2000, pero el lugar no dejó de ser una preocupación técnica y política. Naciones Unidas destaca que la colocación del Nuevo Confinamiento Seguro sobre el antiguo refugio, culminada y entregada a Ucrania en 2019, fue uno de los mayores proyectos de cooperación internacional en el ámbito de la seguridad nuclear, con más de 4.500 millones de euros aportados por más de 45 países a través de fondos gestionados por el BERD.

Ese inmenso arco de acero no “borra” Chernóbil, pero sí representa una nueva etapa: la de contener a largo plazo los restos del reactor destruido y reducir riesgos para las generaciones futuras.

La radiación hoy

Hoy la situación es muy desigual dentro de la zona de exclusión. En gran parte del territorio los niveles son relativamente bajos para estancias controladas, pero siguen existiendo puntos calientes con radiación mucho más elevada, especialmente en áreas como el Bosque Rojo y sectores cercanos al antiguo reactor.

Tras las perturbaciones militares de 2022, el OIEA informó de zonas donde la radiación medida era seis veces superior a lo normal, aunque indicó que esos valores detectados seguían siendo no peligrosos para la salud en las condiciones observadas y se situaban por debajo del límite anual permitido para trabajadores de instalaciones nucleares.

Chernóbil en el debate energético actual

A los 40 años del accidente, Chernóbil sigue apareciendo cada vez que el mundo reabre el debate sobre la energía nuclear. Su nombre se ha convertido en símbolo de catástrofe, pero también en recordatorio de que los sistemas energéticos deben evaluarse con criterios técnicos rigurosos, supervisión independiente y cultura de seguridad.

La gran lección quizá no sea solo que un reactor puede fallar, sino que ninguna tecnología de alto riesgo puede gestionarse bien sin instituciones capaces de reconocer errores, comunicar con claridad y actuar con rapidez. Por eso Chernóbil sigue siendo contemporáneo: no pertenece únicamente a 1986, sino a cualquier sociedad que deba decidir cómo equilibrar desarrollo, seguridad y responsabilidad pública.

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