El general Emilio Mola fue uno de los principales organizadores de la conspiración militar que desembocó en el golpe de Estado de julio de 1936 contra la Segunda República. En sus instrucciones reservadas, redactadas durante la preparación de la sublevación, planteó la necesidad de ejercer una violencia extrema para asegurar el control de los territorios ocupados. Una de las formulaciones más citadas ordenaba «sembrar el terror», mediante una acción «en extremo violenta», contra quienes se opusieran al alzamiento o fueran considerados partidarios del Frente Popular.

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El golpe no triunfó de forma inmediata en todo el país. La resistencia de una parte de las fuerzas de seguridad, de organizaciones obreras y de amplios sectores de la población, junto con la división territorial y militar, transformó la intentona en una guerra civil que se prolongó hasta 1939. Desde sus primeras semanas, la violencia política se extendió por ambas zonas, aunque adquirió formas, ritmos y estructuras distintas según los territorios y los momentos del conflicto.

La expresión «quinta columna» se popularizó durante el asedio de Madrid, en el otoño de 1936. Se atribuye habitualmente a Mola, quien habría aludido a las cuatro columnas que avanzaban sobre la capital y a una quinta formada por partidarios de los sublevados dentro de la ciudad. La atribución exacta y sus circunstancias han sido objeto de debate historiográfico; sin embargo, la expresión se consolidó de inmediato en el lenguaje político y militar de la guerra. Su difusión alimentó el miedo al espionaje, al sabotaje y a la conspiración interna, y contribuyó a intensificar la represión contra personas sospechosas de colaborar con el enemigo.

Manuel Chaves Nogales retrató aquel clima en A sangre y fuego, volumen publicado originalmente 1937 y compuesto por relatos inspirados en acontecimientos reales. El autor presentó sus nueve narraciones como episodios extraídos de hechos verídicos, aunque los elaboró mediante recursos literarios, cambios de nombres y condensación narrativa. Por ello, su obra constituye un testimonio de enorme valor para comprender la experiencia moral y social de la guerra, pero debe leerse junto con la documentación archivística y la investigación histórica.

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En esos relatos aparece una sociedad sometida al miedo, la incertidumbre y la deshumanización del adversario. Chaves Nogales describe la violencia ejercida por milicias y grupos revolucionarios en la retaguardia republicana, así como la represión organizada por falangistas, militares y autoridades civiles en las zonas controladas por los sublevados. También muestra el efecto de los bombardeos sobre la población civil y la rápida normalización de prácticas que, en tiempos de paz, habrían resultado inconcebibles.
La historiografía ha establecido que la represión formó parte central de la guerra y de la posguerra. En el territorio sublevado, la eliminación de adversarios políticos fue prevista desde el inicio como un instrumento de dominación y se prolongó institucionalmente tras la victoria franquista. En la retaguardia republicana se produjeron igualmente asesinatos, detenciones ilegales y represalias, especialmente durante los primeros meses, en un contexto de colapso parcial de la autoridad estatal y de actuación de grupos armados. Reconocer ambas violencias no equivale a borrar sus diferencias de organización, continuidad, responsabilidad institucional y alcance posterior.
Noventa años después del comienzo de la Guerra Civil, el conocimiento histórico exige evitar tanto el olvido como las simplificaciones. Recordar a las víctimas, examinar las responsabilidades y comprender los mecanismos que hicieron posible aquella violencia sigue siendo una tarea cívica. No para convertir el pasado en arma arrojadiza, sino para afirmar un principio democrático elemental: nunca más.



